... parada obligatoria: http://www.myspace.com/zaharapop
El editor de la revista se acercó a mí con cuatro discos en su mano derecha. “Tengo deberes para ti”, me dijo. Dejó los compactos sobre mi mesa y los revisé uno a uno, por si ya conocía alguno de ellos. Entre todos, destacaba una carátula de color rojo que daba tono al disco de una joven cantautora ubetense que mi jefe había bautizado como Azahara. “Escúchalo y escribe algo para el próximo número”. Guardé todos en mi cartera con cuidado de que no se deteriorasen, junto a los libros del curso, para comenzar la tarea al día siguiente. Llegué a casa, tras un día extremadamente aburrido, saqué los discos y los puse sobre mi escritorio, apilados. Durante muchos minutos me mantuve inmóvil y en silencio, contemplando desde la oscuridad la vista de un paisaje gélido. Más tarde, sólo almohada y sábanas.
Por la mañana, huyendo de la monotonía de las mañanas desocupadas, decidí ir a la biblioteca del Hospital Real para desayunar con Antonio y Jaime, que a esas horas estarían allí estudiando los últimos exámenes de la carrera. En vez de caminar hasta mi punto de destino, como suelo hacer en esta pequeña ciudad, esperé en la parada de un autobús que siempre acude con retraso, desde que recuerdo subir a él con catorce años menos y una mochila cargada de libros de texto. Avancé hasta descubrir un solo asiento libre, al final, en la zona de los chicos malos del bus. Me senté junto a la ventana, porque yo siempre me siento junto a la ventana, para ver pasar la vida. Saqué de mi vieja cartera el disco de tonos rojos y mi pequeño cuaderno de notas para comenzar a apuntar detalles sobre los que escribir la reseña. Observé entonces que el título del álbum era ‘Día 913’ y que la artista no se llamaba Azahara, sino Zahara. Sólo Zahara.
Sonaba la primera canción cuando el autobús llegaba a la Gran Vía de Colón, descubridor que me avisaba del descubrimiento que sería más tarde la voz algodonada que se desprendía del reproductor. Una parada después de la debida, terminó mi trayecto y fui directamente a ocupar uno de los asientos libres de la biblioteca para escribir la reseña. Aquella mañana no desayuné con mis amigos. Cosas tan bellas como aquellas canciones compensan el hambre y la carencia de cafeína. No voy a comentar nada más de aquél disco, porque en su momento lo hice en repetidas ocasiones. Hay páginas de revista en el primer cajón de mi escritorio, y otras que flotan en el océano. Hay, incluso, una copia de aquella reseña en el archivo de este mismo blog, para quien quiera leerla (‘Los disfraces sensibles’. Marzo. 2007).
Quedé tan impresionado por las composiciones de aquella chica fabulosa que acudí a uno de sus conciertos en Pícaro, pocos días después de que la reseña fuera publicada en la revista. Llevaba un ejemplar de ‘Día 913’ que había comprado esa misma tarde para que Zahara lo dedicara a una persona a la que estaba seguro que le cautivaría su música. Aquellos meses, coincidí en un par de ocasiones más con Zahara para realizar otro reportaje. Es absurdo decir ahora que desde el primer momento que la escuché pensé: “Esta chica llegará hasta donde quiera llegar’. Y es absurdo porque ya lo dije entonces y me avalan las palabras. A ella, sin embargo, lo que le avala es el talento. Hace poco, Universal ha publicado su disco ‘La fabulosa historia de…’ y su canción ‘Merezco’ ha sido seleccionada como sintonía oficial de la próxima Vuelta Ciclista a España.
Lo mejor de Zahara, sin embargo, viene aún de camino. Para mí, es la primera vez que tengo el privilegio de contemplar la trayectoria de una estrella, que no es fugaz, desde su más modesto inicio, cuando se hizo cargo de su propia edición y distribución, hasta este momento en el que su avión se prepara para despegar. Y será un vuelo largo, seguro, hacia el cielo azucarado que dibuja su voz.